… hoy escribo en medio de este viaje, en un pueblo entre Boston y New York llamado Hartford, nombre que me hace dudar un poco -en serio- si tome la ruta adecuada. Hoy a las 3: 45, ya son las 7:45, salí de NYC rumbo a esa ciudad más fría, y, por primera vez, tomo (en este caso) un bus, con la plena seguridad que los siguientes tres días no pasará absolutamente nada. Días atrás fui a
DIA, uno de los museos más, cómo decirlo, encantadores ¿de pronto? que me he encontrada en este viaje. En medio de un pueblo, de esos en los que no hay más de veinte casas que desde 1920 (¿?) rodeaban una fábrica gigante de la Nabisco (ahora es la instalación de DIA) le da al museo una especie de aura, de magia, de ese no sé qué que nos gusta crear. Y aquí, tal como creo que lo dijo Benjamín, la travesía, un viaje a ese lugar
inimaginado, es aquella que te encanta y que te sorprende… y era de eso de lo que quería hablar hoy, pero cómo siempre me voy saltando por las tangentes… Para llegar a DIA tuvimos que estar en un tren por lo menos dos horas, y ahí al igual que ahora, me puse a pensar en la gracia que trae mirar por la ventana. La ventana del tren, la ventana del carro, la ventana del avión, es un marco especial que te da conciencia de estar viajando, de estar
atravesiando.
Otra de las cosas que me acordé, y, últimamente no sé porqué las lecturas que he hecho están cobrando sentido y pasajes de ellas se están convirtiendo en imágenes y en visiones, fueron escenas de ciertos libros que transcurren en el momento de la travesía, generalmente en un tren; y así llegó a mi mente H. Castorp (¿?) cuando miraba por la ventana. Él ni se imaginaba, claro que intuía, lo que pasaría en la montaña; me acuerdo tanto que una de las pocas cosas que reafirmaba era la fecha inaplazable de su regreso –y, ahora sé que tanta reafirmación no es más que pura negación. Es grandioso, con ello me di cuenta que los libros no son otra cosa que los recuerdos que formamos de ellos (pero eso sería tema de otro post) y también que sólo en el momento de
atravesiar, se viaja. Y en la travesía sólo se mira por la ventana. Que sensación tan rara, ya no somos nosotros los mirados sino los que miramos, ese debe ser el encanto del viaje, cambio de perspectiva, cambio de espectador.
Por otro lado, los puentes de New York y Stevie Wonder me hacen feliz.