Desde hace mucho tiempo he intentado no escribir algo que tenga que ver directamente con política. Mis opiniones, al menos las escritas, se diluyeron por un cansancio de muchas cosas -entre ellas el país- en un viaje que hasta ahora me estoy dando cuenta fue una muy buena manera de escape, al menos por un pequeño lapso; por otro lado, me resguarde en una actitud en la que todavía creo firmemente, en la que estoy trabajando y la cual hizo que surgiera un proyecto para generarle un espacio en la ciudad: toda intervención –actividad- artística es de por si política. Creo ciegamente en esto, creo que el arte no necesita explicitarse políticamente para convertirse en un recurso para ello. Este tiene un poder implícito de transformar el individuo, y, el individuo es lo que hay que recuperar, lo único que no podemos olvidar. Sólo por ello creo (en el modo más fuerte de su acepción) que él es el único modo “legitimo” (odio usar esa palabra) de resistencia. Aún así, hoy me cuesta callarme, y, desde mi posición individual, diré algo.
La llegada a mi país hace un par de meses me abrió los ojos de una manera brutal, no sólo veía los cerros orientales de modo distinto (todavía no me deja de sorprender) sino cosas que antes consideraba como normales ya no lo son: la ciudad está mucho más insegura, he presenciado unos de los atracos más agresivos sin poder hacer absolutamente nada, porque sí es cierto que el miedo te congela, y he sido “victima” de otros dos -pequeños y tontos, como los solía llamar antes-… esto sin contar con el “chalequeo” que sufrí el primero de mayo cuando salí a tomar las fotos.
Cuesta aceptarlo pero Colombia ya no es la misma en la que crecimos. Nos han dicho que somos hijos de la violencia, que la mayoría de nuestra generación recuerda, ya sea un simulacro o la explosión de alguna bomba a finales de los 80 y principio de los 90, que por lo menos conocemos a alguien que conoce a alguien que han secuestrado, asesinado u desparecido, y, como consecuencia estamos acostumbrados a vivir en país en guerra. A pesar de eso, en este momento existe, al menos en mí, cuando camino en las calles otro tipo de miedo el cual yo nunca había experimentado. Ya no me siento “segura” como antes, ya hay muchos que se convierten en enemigos; aún así, intento esconderlo y salgo como si nada, o mejor, como siempre. Las calles han cambiado.
Me pregunto si ésta es la tal seguridad democrática de la cual tanto ha pregonado Uribe. De pronto sí se han reducido los secuestros de pequeños y grandes empresarios que viven en las ciudades y que les encanta bajar a sus fincas los fines de semana. Pero también es cierto que hay una ONG que dice que en estos cinco meses hay más de 300 desaparecidos entre líderes comunales y gente del sindicato en Ciudad Bolivar, cuando la policía dice que no se ha reportado ni uno solo. Esto, entre otras cosas que no se pueden negar: la masacre entre militares la semana pasada en Jamundi que fue denominaba por la fuerza pública como un error estratégico, me dice ahora más que nunca que las cosas no andan bien y que ya nos empiezan afectar. También hay paro judicial desde hace dos semanas y más de un proceso está retrasado en los juzgados, esto, jugando un poco con pretensiones de adivinación, me imagino, que producirá hacinamientos en las cárceles y, en un futuro, pequeños motines que generarán disturbios un poco más grandes. A raíz de ello, un nuevo miedo en las calles. Claro, esto son apenas unos hechos que por ahora menciono… hay mucho más.
Hubo un tiempo en el que yo creía en la abstención política. Ya no me acuerdo de mis razones. Conozco mucha gente que todavía cree en ello. No he preguntado porqué. Sólo me parece que la situación del país no está para abstenerse, mañana el voto será un herramienta para decidir algo o contra algo. Yo lo voy a hacer porque en un año no quiero pensar que no hice todo lo que yo podía, obviamente dentro de mis posibilidades, para que la situación cambiara.
Por otro lado: Para todos mis amigos que no viven acá: sólo necesitan el pasaporte y un consulado cercano.
La llegada a mi país hace un par de meses me abrió los ojos de una manera brutal, no sólo veía los cerros orientales de modo distinto (todavía no me deja de sorprender) sino cosas que antes consideraba como normales ya no lo son: la ciudad está mucho más insegura, he presenciado unos de los atracos más agresivos sin poder hacer absolutamente nada, porque sí es cierto que el miedo te congela, y he sido “victima” de otros dos -pequeños y tontos, como los solía llamar antes-… esto sin contar con el “chalequeo” que sufrí el primero de mayo cuando salí a tomar las fotos.
Cuesta aceptarlo pero Colombia ya no es la misma en la que crecimos. Nos han dicho que somos hijos de la violencia, que la mayoría de nuestra generación recuerda, ya sea un simulacro o la explosión de alguna bomba a finales de los 80 y principio de los 90, que por lo menos conocemos a alguien que conoce a alguien que han secuestrado, asesinado u desparecido, y, como consecuencia estamos acostumbrados a vivir en país en guerra. A pesar de eso, en este momento existe, al menos en mí, cuando camino en las calles otro tipo de miedo el cual yo nunca había experimentado. Ya no me siento “segura” como antes, ya hay muchos que se convierten en enemigos; aún así, intento esconderlo y salgo como si nada, o mejor, como siempre. Las calles han cambiado.
Me pregunto si ésta es la tal seguridad democrática de la cual tanto ha pregonado Uribe. De pronto sí se han reducido los secuestros de pequeños y grandes empresarios que viven en las ciudades y que les encanta bajar a sus fincas los fines de semana. Pero también es cierto que hay una ONG que dice que en estos cinco meses hay más de 300 desaparecidos entre líderes comunales y gente del sindicato en Ciudad Bolivar, cuando la policía dice que no se ha reportado ni uno solo. Esto, entre otras cosas que no se pueden negar: la masacre entre militares la semana pasada en Jamundi que fue denominaba por la fuerza pública como un error estratégico, me dice ahora más que nunca que las cosas no andan bien y que ya nos empiezan afectar. También hay paro judicial desde hace dos semanas y más de un proceso está retrasado en los juzgados, esto, jugando un poco con pretensiones de adivinación, me imagino, que producirá hacinamientos en las cárceles y, en un futuro, pequeños motines que generarán disturbios un poco más grandes. A raíz de ello, un nuevo miedo en las calles. Claro, esto son apenas unos hechos que por ahora menciono… hay mucho más.
Hubo un tiempo en el que yo creía en la abstención política. Ya no me acuerdo de mis razones. Conozco mucha gente que todavía cree en ello. No he preguntado porqué. Sólo me parece que la situación del país no está para abstenerse, mañana el voto será un herramienta para decidir algo o contra algo. Yo lo voy a hacer porque en un año no quiero pensar que no hice todo lo que yo podía, obviamente dentro de mis posibilidades, para que la situación cambiara.
Por otro lado: Para todos mis amigos que no viven acá: sólo necesitan el pasaporte y un consulado cercano.
