Saturday, May 27, 2006

Desde hace mucho tiempo he intentado no escribir algo que tenga que ver directamente con política. Mis opiniones, al menos las escritas, se diluyeron por un cansancio de muchas cosas -entre ellas el país- en un viaje que hasta ahora me estoy dando cuenta fue una muy buena manera de escape, al menos por un pequeño lapso; por otro lado, me resguarde en una actitud en la que todavía creo firmemente, en la que estoy trabajando y la cual hizo que surgiera un proyecto para generarle un espacio en la ciudad: toda intervención –actividad- artística es de por si política. Creo ciegamente en esto, creo que el arte no necesita explicitarse políticamente para convertirse en un recurso para ello. Este tiene un poder implícito de transformar el individuo, y, el individuo es lo que hay que recuperar, lo único que no podemos olvidar. Sólo por ello creo (en el modo más fuerte de su acepción) que él es el único modo “legitimo” (odio usar esa palabra) de resistencia. Aún así, hoy me cuesta callarme, y, desde mi posición individual, diré algo.

La llegada a mi país hace un par de meses me abrió los ojos de una manera brutal, no sólo veía los cerros orientales de modo distinto (todavía no me deja de sorprender) sino cosas que antes consideraba como normales ya no lo son: la ciudad está mucho más insegura, he presenciado unos de los atracos más agresivos sin poder hacer absolutamente nada, porque sí es cierto que el miedo te congela, y he sido “victima” de otros dos -pequeños y tontos, como los solía llamar antes-… esto sin contar con el “chalequeo” que sufrí el primero de mayo cuando salí a tomar las fotos.
Cuesta aceptarlo pero Colombia ya no es la misma en la que crecimos. Nos han dicho que somos hijos de la violencia, que la mayoría de nuestra generación recuerda, ya sea un simulacro o la explosión de alguna bomba a finales de los 80 y principio de los 90, que por lo menos conocemos a alguien que conoce a alguien que han secuestrado, asesinado u desparecido, y, como consecuencia estamos acostumbrados a vivir en país en guerra. A pesar de eso, en este momento existe, al menos en mí, cuando camino en las calles otro tipo de miedo el cual yo nunca había experimentado. Ya no me siento “segura” como antes, ya hay muchos que se convierten en enemigos; aún así, intento esconderlo y salgo como si nada, o mejor, como siempre. Las calles han cambiado.

Me pregunto si ésta es la tal seguridad democrática de la cual tanto ha pregonado Uribe. De pronto sí se han reducido los secuestros de pequeños y grandes empresarios que viven en las ciudades y que les encanta bajar a sus fincas los fines de semana. Pero también es cierto que hay una ONG que dice que en estos cinco meses hay más de 300 desaparecidos entre líderes comunales y gente del sindicato en Ciudad Bolivar, cuando la policía dice que no se ha reportado ni uno solo. Esto, entre otras cosas que no se pueden negar: la masacre entre militares la semana pasada en Jamundi que fue denominaba por la fuerza pública como un error estratégico, me dice ahora más que nunca que las cosas no andan bien y que ya nos empiezan afectar. También hay paro judicial desde hace dos semanas y más de un proceso está retrasado en los juzgados, esto, jugando un poco con pretensiones de adivinación, me imagino, que producirá hacinamientos en las cárceles y, en un futuro, pequeños motines que generarán disturbios un poco más grandes. A raíz de ello, un nuevo miedo en las calles. Claro, esto son apenas unos hechos que por ahora menciono… hay mucho más.

Hubo un tiempo en el que yo creía en la abstención política. Ya no me acuerdo de mis razones. Conozco mucha gente que todavía cree en ello. No he preguntado porqué. Sólo me parece que la situación del país no está para abstenerse, mañana el voto será un herramienta para decidir algo o contra algo. Yo lo voy a hacer porque en un año no quiero pensar que no hice todo lo que yo podía, obviamente dentro de mis posibilidades, para que la situación cambiara.

Por otro lado: Para todos mis amigos que no viven acá: sólo necesitan el pasaporte y un consulado cercano.

Wednesday, May 24, 2006

Hoy, cuando al fin me despido, me doy cuenta que lo he hecho millones de veces. Yo sé que suena un poco loco, pero, por alguna razón, lo voya extrañar. Que video.

Tuesday, May 23, 2006

Un viaje

Monday, May 22, 2006

Reencuentro con Luisa

Uno de los pocos recuerdos que guardo de mi paso por el colegio italiano, hasta segundo de primaria, es mi mejor amiga. Luisa la del pelo amarillo, la niña con la que todos querían jugar y, sobretodo, la que decidía quien entraba a su grandioso círculo. Nuestra amistad se volvió más fuerte por las clases de gimnasia olímpica que tomábamos los miércoles después del último timbre. Yo, a eso de las 3 y 30, por alguna razón, esos días salíamos temprano, iba a jugar a la casa de ella. Recuerdo una casa gigante y blanca con una especie de parque privado esperando que fueran las 5 de la tarde, hora en que mi mamá me recogía. Hace poco encontré una foto en la que las dos aparecíamos con una truza azul y una rosa en la mano en el gimnasio o la palestra del colegio. Teníamos una sonrisa gigante con sabor a triunfo, seguramente era nuestra primera presentación. Al siguiente año me retiraron del italiano y yo perdí todo rastro de ella, sin embargo conservaba un cierto malestar cuando recordaba nuestra amistad.

Hace un tiempo, tomé un curso en una universidad diferente a la mía, un curso que decía llamarse Mirar por Bogota, y, que de una u otra forma, nos hacia recorrer nuestros pasos por la ciudad. A mitad de semestre la vi entrar. Sí, estoy segura, era Luisa Ambrossi. La misma. Mucho más grande pero con la misma expresión de círculo privado. Le pregunte a una amiga el nombre de ella y me lo confirmó inmediatamente: Luisa Ambrossi estudiante de artes que acababa de llegar de Italia. Es día no la saludé por mas de que no pude quitarle los ojos de encima. Más que alegría lo que me generó fue un malestar de algún recuerdo que todavía no lograba ubicar… semanas después, en una caminata que hacíamos a Suba, ella se me acercó y me preguntó si yo era Ximena. Empezamos a hablar, notamos que nuestra vida desde los 8 años no había sido tan distinta reiterándome más de una vez lo mucho que yo había cambiado. Yo a ella, la veía igual. Le pregunté si recordaba la última vez que nos habíamos visto y me contesto que sí, pero que ese día, a diferencia de otros, no habíamos podido jugar. Apenas empezó a relatarlo recordé todo: al igual que todos los miércoles fuimos a su casa después de clase, minutos más tarde, mientras estábamos en el columpio, me dijo que tenía una cita con el doctor, dejándome a mí, sentada, sola, al frente de esa casa blanca e inmensa en un parque que nunca había visto tan grande, esperando que llegara mi mamá. Obviamente no quede “desamparada”, la empleada estuvo a cargo de mí preguntándome si quería las onces o si quería jugar en el cuarto de la niña Luisa. Yo estaba furiosa, lo sentí como si fuera una pequeña traición. A nadie se le invita a jugar si no va a jugar con esa persona. Por alguna razón ese última día invalidó todos los anteriores. Apenas terminó de contarla, reviví todo lo que había sentido en ese instante, yo esperaba una disculpa, que me dijera que ella no sabía, cualquier cosa… que había esperado 15 años pera preguntarme si había sido la tarde más larga de mi vida. Pero a diferencia de eso, se rió, se rió de la misma manera que lo hizo15 años atrás cuando se despidió esa tarde. Al jueves siguiente yo no quería ni saludarla, por más irracional que fuera mi conducta me di cuenta que yo nunca pude perdonar esa pequeña traición. Cuando pequeños, vemos todo de manera mucho más exagerada.... y, hay cosas sobre las cuales nunca crecemos.