Uno de los pocos recuerdos que guardo de mi paso por el colegio italiano, hasta segundo de primaria, es mi mejor amiga. Luisa la del pelo amarillo, la niña con la que todos querían jugar y, sobretodo, la que decidía quien entraba a su grandioso círculo. Nuestra amistad se volvió más fuerte por las clases de gimnasia olímpica que tomábamos los miércoles después del último timbre. Yo, a eso de las 3 y 30, por alguna razón, esos días salíamos temprano, iba a jugar a la casa de ella. Recuerdo una casa gigante y blanca con una especie de parque privado esperando que fueran las 5 de la tarde, hora en que mi mamá me recogía. Hace poco encontré una foto en la que las dos aparecíamos con una truza azul y una rosa en la mano en el gimnasio o la palestra del colegio. Teníamos una sonrisa gigante con sabor a triunfo, seguramente era nuestra primera presentación. Al siguiente año me retiraron del italiano y yo perdí todo rastro de ella, sin embargo conservaba un cierto malestar cuando recordaba nuestra amistad.
Hace un tiempo, tomé un curso en una universidad diferente a la mía, un curso que decía llamarse Mirar por Bogota, y, que de una u otra forma, nos hacia recorrer nuestros pasos por la ciudad. A mitad de semestre la vi entrar. Sí, estoy segura, era Luisa Ambrossi. La misma. Mucho más grande pero con la misma expresión de círculo privado. Le pregunte a una amiga el nombre de ella y me lo confirmó inmediatamente: Luisa Ambrossi estudiante de artes que acababa de llegar de Italia. Es día no la saludé por mas de que no pude quitarle los ojos de encima. Más que alegría lo que me generó fue un malestar de algún recuerdo que todavía no lograba ubicar… semanas después, en una caminata que hacíamos a Suba, ella se me acercó y me preguntó si yo era Ximena. Empezamos a hablar, notamos que nuestra vida desde los 8 años no había sido tan distinta reiterándome más de una vez lo mucho que yo había cambiado. Yo a ella, la veía igual. Le pregunté si recordaba la última vez que nos habíamos visto y me contesto que sí, pero que ese día, a diferencia de otros, no habíamos podido jugar. Apenas empezó a relatarlo recordé todo: al igual que todos los miércoles fuimos a su casa después de clase, minutos más tarde, mientras estábamos en el columpio, me dijo que tenía una cita con el doctor, dejándome a mí, sentada, sola, al frente de esa casa blanca e inmensa en un parque que nunca había visto tan grande, esperando que llegara mi mamá. Obviamente no quede “desamparada”, la empleada estuvo a cargo de mí preguntándome si quería las onces o si quería jugar en el cuarto de la niña Luisa. Yo estaba furiosa, lo sentí como si fuera una pequeña traición. A nadie se le invita a jugar si no va a jugar con esa persona. Por alguna razón ese última día invalidó todos los anteriores. Apenas terminó de contarla, reviví todo lo que había sentido en ese instante, yo esperaba una disculpa, que me dijera que ella no sabía, cualquier cosa… que había esperado 15 años pera preguntarme si había sido la tarde más larga de mi vida. Pero a diferencia de eso, se rió, se rió de la misma manera que lo hizo15 años atrás cuando se despidió esa tarde. Al jueves siguiente yo no quería ni saludarla, por más irracional que fuera mi conducta me di cuenta que yo nunca pude perdonar esa pequeña traición. Cuando pequeños, vemos todo de manera mucho más exagerada.... y, hay cosas sobre las cuales nunca crecemos.